Una lectura ideal para día domingo: “Hay libros para niños que deberían ser leídos también por los adultos”
Maru Pons, de la librería Ponsatti, recordó que en sus días de docente “los chicos llegaban temprano a clases para no perderse el cuento del día”.
Por Luciana Sosa
Hablar de literatura con María Eugenia Pons (Maru para todos) es iniciar un viaje que desconoce su destino final, pero que recorre cientos de mundos a la vez. Porteña de nacimiento, llegó a Funes hace una década donde practicó la docencia en María Auxiliadora y dejó la huella en la literatura entre sus alumnos, al leerles un cuento a diario. Nació entre libros, ya que pasaba sus días entre la librería de su abuelo en Zárate y la casa de su madre en Caba. Su gran “juguete” era la biblioteca que tenía armada en su habitación y la máquina de escribir con la que inventaba historias.
Ya instalada en la que se conoce como “la mejor ciudad para vivir”, Maru siguió con la doncencia y cumplió junto a su esposo Andés Di Piatti el sueño de la librería propia, cuyo nombre hace juego con ambos apellidos: Ponsatti (@ponsatti.libros).
Con su primer local en la galería Funes Mall de Funes, la marca fue todo un revuelo de historias con los encuentros en “la veredita”, entre lecturas, títeres y a veces música en vivo.
También fue uno de los pilares de la movida “Funes Lee”, que con un éxito rotundo que trascendió las fronteras funenses, le dio otro sentido al viaje en tren y al recorrido por la ciudad, con lectura como protagonista. Ponsatti fue participante de muchas ferias del libro, tanto en Buenos Aires como en el resto del país, incluso ganó el premio Pregonero en 2018 y en 2024, el reconocimiento nacional de la Fundación El Libro.
El año pasado, la librería se “expandió”. Inauguró su segundo local en Catamarca y Dean Funes, donde además de sus atractivas repisas repletas de propuestas literarias, es un espacio donde se desarrollaron talleres para todas las edades, una idea que se volverá a implementar desde marzo.
— Tu familia estaba relacionada con la literatura? Porque la trabajaste desde todas sus aristas
— Nací en una librería (risas). Mi abuelo tenía un diario en Zárate, (provincia de Buenos Aires), también una librería y editorial. Aún tengo un libro que lleva ese sello. La cosa siempre fue difícil porque Zárate era una zona muy industrial, no había mucha gente amante de la lectura, entonces mi papá (yo, hija de padres separados) debía ir a trabajar a la librería Rodríguez, en Capital Federal donde vendía libros en inglés. Así que yo pasaba una semana en Zárate y otra en Buenos Aires con mi mamá.
— ¿A qué jugabas de chica? Supongo leías mucho, teniendo tantos textos al alcance
— Tenía mi librería de juguete, era una gran biblioteca. Bah (reconoció) para mi era grande porque yo era chiquita de tamaño (risas). Se llamaba “El globo rojo” y era mi juego favorito. Tenía una editorial, mi diario y una máquina de escribir. Mis dos sueños fueron tener mi editorial y ser maestra, así que mi máquina de escribir fue mi elemento favorito toda mi vida.
— ¿Ejerciste la docencia en Buenos Aires?
— Primero me fui a vivir a Tilcara (Jujuy), ahí comencé. Les leía mucho a mis alumnos y volví a Buenos Aires después de 20 años, donde continué. Siempre traté que los chicos escucharan muchos cuentos y hoy me alegra porque algunos de ellos son ilustradores, autores, y es gente a la que la lectura los ha marcado. Incluso me emociona recordar que, en Funes, los cuentos eran la motivación de todos de llegar a horario, no se los querían perder. Es más, una chica vino hace poco a uno de los encuentros en “la veredita” y le contaba a los chiquitos que “yo le leía cuentos en dos idiomas”. En realidad era por el castellano y porque a veces hacía un tono gallego para crear el ambiente (risas).
— Ahí dejaste otra huella…
— Totalmente. La literatura hizo eso. Yo siempre estuve trabajando por y para los libros, no me imagino una vida sin ellos. He trabajado para una editorial, escribí varios relatos, muchos de ellos fueron publicados, algunos en el diario La Capital. Lo único que me faltaba era tener mi propia librería. Ahora lo cumplimos con Andrés y nuestra hija Uri, las otras dos partes fundamentales de Ponsatti.

— ¿Qué es la lectura para vos?
— Como decía María Teresa Andruetto, “la lectura siempre nos habilita a vivir historias que no vamos a vivir jamás”. Pero también se pueden descubrir sus propias historias, reflejadas en un personaje, aunque estemos a miles de kilómetros, años de distancia. Incluso darse cuenta uno de que los problemas humanos siempre rondaron en torno a las mismas problemáticas, y así no sentirse solo, frente a una sociedad que te obliga siempre a encajar dentro de un parámetro. La literatura te habilita a ser vos mismo.
Es abrir la ventana para ver otros mundos pero también ver el mundo personal. Bueno, todo eso nos llevó a abrir la librería, siempre había estado del otro lado promoviéndola, leyendo o produciéndola, pero nunca vendiéndola.
— ¿Quiénes han sido tus referentes?
— Sin dudas María Elena Walsh. Tengo todos sus libros, la leí desde que salieron sus obras. Incluso de chiquita leía sus libros para adultos. “Juguemos en el mundo” es un libro de poesía para adultos que siempre me pareció maravilloso. Si la leés con ojos menos ingenuos, siempre criticó a la juventud, a ese prejuicio de ser viejo, a tener arrugas, a ciertas frivolidades que incluso las ves en “Manuelita”. Ella manejaba el lenguaje maravillosamente. Crecí con “Doña Disparate y Bambuco”, fue mi lectura desde la más tierna infancia y luego tenía acceso ilimitado a los clásicos, muchos de ellos muy bellamente ilustrados, también “Los Cuentos de Polidoro”, antes que el Centro Editor de América Latina sea destruido. También leí “Mujercitas” (Louisa May Alcott” y “Príncipe y mendigo” (Mark Twain). Por suerte ahora se está volviendo a los clásicos y nunca se dejó de leer.
Y celebro que luego de la Dictadura hayan aparecido autores como Elsa Borneman, Luis Pescetti, que dejan huellas en los chicos. Eso es lo glorioso de la literatura. Y te diría que hay muchos libros para niños que deben leer los adultos, como “Dailan Kifki” (Walsh). Ése es un librazo, porque, así como los problemas en la vida, se te aparece un elefante delante de una puerta y habrá que ver qué se hace con eso. Esa literatura tiene tantas capas que es muy interesante leerlo con los chicos y también hablarlo después. Pero no el cuestionario “milico” de qué dice el libro o algo así, sino qué se interpretó, encontrar juntos una solución, o inventarla. Eso es lo mágico de la lectura.
— Una magia que hoy lucha contra las pantallas
— Uff, ni me hables de pantallas. Entiendo, reconozco, que es un medio que te abre la puerta a otros conocimientos pero tenemos que saber usarlo a nuestro favor, no que nos domine. He visto bebés en su cochecito, ese balcón a la vida, donde deben descubrir el mundo, viendo rodillas, los autos en la calle, las plantas en las veredas, viendo de cerca las flores o los perros que andan por la calle, sentir el vientito que te da en la cara. Pero nada de eso pasa, apenas pueden sostener algo, les dan el teléfono y así está, recostado en ese “balcón a la vida”, mirando videos. Me acuerdo y se me estruja la panza.
— ¿Qué opinas de las historietas?
— Sé que estamos acostumbrados a leer poco, a leer tips, cosas chicas. Y la historieta, en niños y niñas es una buena entrada a la lectura, pero no puede ser lo único. Hay muchas novelas gráficas que tienen otra profundidad y son maravillosas. Sé de la situación económica que atraviesa el país entero, pero hay que entender que un libro no es un gasto, es una inversión. Y quedan todos invitados a venir cuando gusten a consultar, revolver las estanterías, que con mucho gusto y amor los vamos a ayudar la historia que buscan.
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