Capilla San Francisco Solano, un corazón que late fuerte en zona oeste

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Ubicada en calle Maiztegui, convoca todos los domingos a un centenar de fieles y es sostenida por un grupo de voluntarios que le dan vida y movimiento a todo un barrio.

 

Se ha convertido de alguna manera en el epicentro social de zona oeste. Alejada del centro, ubicada sobre calle Maiztegui -a la altura de garita 17-, se convierte cada domingo en el punto de  encuentro de un centenar de vecinos y “muchos rosarinos” que asisten a la misa del párroco de Funes. Pero en la semana, la pequeña capilla abre sus puertas en diversas actividades que un grupo de unos 15 voluntarios sostienen cotidianamente.

 

Verónica y Alicia son dos de ellos. Jueves, viernes y sábados se encargan, junto a otros voluntarios, catequistas y predicadores, de abrir las puertas de la capilla y de encabezar las distintas actividades fijas y eventos que convocan a los creyentes de la zona. Además, desde hace un poco menos de dos meses, los miércoles por la tarde distribuyen alimentos para familias del barrio: en noviembre eran 11, hoy ya son 26 y varias más a punto de sumarse.

 

“La capilla” cobra vida y respira solidaridad. “A mediados de noviembre comenzamos a repartir alimentos que son comprados al Banco de Alimentos de Rosario (BAR). Fuimos a misionar primero, y encontramos once familias en el barrio Paysandú, empezamos a llevárselo a las casas, pero le dábamos lo mismo a la familia con un hijo que a la que tenía siete, ahora ya aprendimos a repartir de manera equitativa, y tenemos 26, todo esto en menos de dos meses”, cuentan y explican que los alimentos se consiguen a través de una compra que hace la Parroquia Nuestra Señora del Carmen, ubicada en calle General Paz al 1600, de la cual dependen.

 

Sorprendidas por la demanda, Verónica y Alicia destacan que están a disposición de quien lo necesite y piden a quien pueda colaborar con la entrega de alimentos que se acerque, ya que en marzo dejan de contar con el ingreso que permite pagar esa distribución de alimentos no perecederos. “Nosotros no somos una ONG, esto es por amor a Jesús y amor al prójimo. Está buenísimo el trabajo que hacen las ONG, pero si nosotros podemos en algún momento lograr un sacramento, tal vez alguien que no esté bautizado, vamos a tratar. Pero esto lo hacemos por amor al prójimo y porque es lo que tenemos que hacer, es servicio”, explica Verónica y destaca mientras que una de las mujeres que se acerca a buscar su alimento semanal “se persigne al entrar”.

 

A otra familia que entró mientras duró la entrevista, las mujeres no sólo ofrecieron un bolsón de comida sino también juguetes a los cinco chicos que los acompañaban, que entraron sonrientes a la iglesia y repartieron besos y buenas tardes a todos los presentes.

 

Forjar un grupo

Cada uno de los voluntarios se acercó a la capilla de distinta manera. Verónica, por ejemplo, de familia creyente pero sin ser practicante, se mudó al barrio catorce años atrás y decidió acercarse sin más motivo. Desde entonces, ha sido una de las familias que de a poco, con ingenio, venta de empanadas, guisos de lentejas, hombreo de bolsas y hasta un veloz aprendizaje de albañilería, levantaron el salón parroquial desde sus cimientos.

 

“Era un grupo de cocineros que se formó cuando abrió el salón parroquial, sin ningún cacique, todos indios”, grafica Alicia. Ese salón es donde hoy y cada año se juntan cientos a festejar las fiestas patronales, con peñas incluidas “porque San Francisco Solano es el patrono del folclore” entre otras celebraciones.

 

“Para muchos de nosotros es nuestro segundo hogar”, cuentan. Y no se olvidan tampoco de los asiduos visitantes: “Hay mucha gente de Rosario que viene los fines de semana, que ama a la capilla. Ellos dicen que se respira un olorcito y un espíritu hermoso. Yo en lo particular digo que esta capilla es milagrosa”, sugiere Verónica. Sin dar mayores detalles, sonríe y convence a quien la escuche.

 

“Misionar es hermoso”, afirma Alicia, que –como sus compañeras- misionó en Villa Güemes, una pequeña localidad formoseña a seis kilómetros de Paraguay. En esas misiones y en otras colaboraciones con grupos más cercanos “se fortaleció el grupo”, y desde entonces surgen y proponen cada vez más cosas. Actividades puertas adentro de la iglesia, recorridas por los geriátricos, ahora también las entregas de amientos: “misionar”.

 

Sobre su trabajo, las dos mujeres coinciden: “El servicio sana, porque dejas de ser vos para ayudar al otro. Quedas sanada porque te olvidas de lo tuyo, te olvidas de la tristeza, de la amargura, de los nervios del día, del trabajo, eso es bárbaro”.

 

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