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Domingo 22 de Abril

Funes, Santa Fe, Argentina

  • Foto: Vanesa Fresno

    Un pianista de barrio

    27/12/17

    Jorge Cánepa empezó con el piano, pero pasó por radio, televisión, gráfica, teatro y el año pasado lanzó un libro de cuentos llamado “Un hombre valiente y otros sueños de barrio”. Esta es la historia de un apasionado por contar historias.

    Lucio Di Giuseppe

    “Yo nunca tuve piano”, dice Jorge Cánepa, en una expresión que no llamaría la atención si no se tratase de un músico que comenzó a estudiar a los ocho años y que hizo una carrera más que exitosa gracias a las teclas. “Estudiaba con el del Conservatorio o con el de algún vecino. A los 31 años recién me compré el primero, era una locura. Se lo compré a un señor Peña que vendía en Ovidio Lagos y Montevideo, para ir de gira a la Costa Atlántica con Jorge Corona. Tres temporadas seguidas hicimos”. Anécdotas como esa hay miles, dignas de un libro que cuente la historia del pibe de barrio Azcuénaga que empezó con el piano y logró llegar a la cima, aprendiendo día a día a comunicar de todas las maneras posibles de la mano de los mejores. Un pianista de barrio que hizo su carrera contando historias.

     

    Jorge nació y vivió hasta los treinta años en Barrio Azcuénaga. Poco tiempo después, ya padre, se vino a vivir a Funes, “con la idea bastante lógica de traer a los chicos a un paraíso”. Pero cuando habla de su barrio, habla de Azcuénaga, que según él “no es como todos los barrios”, ya que “tiene cosas muy singulares”. “Está circunscripto a cuatro cuadras, de Paraná a Larrea, que encierran todo lo que puede tener un barrio como lugares formativos. Al 5000 estaba el Cine Mendoza, al 5100 está el Club Libertad, al 5200 está la Iglesia Pompeya, y en la otra cuadra está la Escuela Primaria 120, nuestra escuela. En cuatro cuadros teníamos todo, no necesitábamos más nada”. Justamente, en el Club Libertad, mientras Jorge y su barra jugaban al casín o al metegol, se dejaban llevar casi inconscientemente por la música clásica que guiaba las coreografías de las chicas de patín. Así fueron sus primeros acercamientos a la música. “Todo el tiempo sonaba Beethoven, Chopen. Fui a Paris y en la tumba de Chopen hice un papelón, empecé a llorar. Fue una cuestión emotiva que se accionó inmediatamente”.

     

    Los primeros pasos musicales. Don Rolando Balbazoni recibió con los brazos abiertos al pequeño Jorge de 8 años en su conservatorio, luego de que la madre le haya visto pasta de músico. “Metía la mano como podía en los pianos de mis vecinos, en el club había bailes con orquesta los sábados a la noche y yo me paraba al lado del pianista, vieron que algo pasaba y me llevaron al conservatorio”. Ese fue el primer paso en la carrera del artista, empujado por su madre. “Al año mi madre fue a decirle que no podía ir más porque no podía pagarlo y Don Rolando, que era un ángel, le dijo `usted mandelo porque acá no paga más, está becado hasta que termine`”. A los 12 años, Jorge tocaba en una peña folklórica los domingos en LT2, a los 16 recibió el título de profesor de piano, a los 17, él y sus amigos hacían vibrar a los jóvenes con su grupo de rock Dani Alfaro y los Rockets. El ojo de su madre no se había equivocado.

     

    Nace un comunicador. Ese fue el comienzo de la carrera. El piano le iba a abrir muchas puertas, y otras tantas las iba a abrir su talento para comunicar, o como le gusta decir a él, contar historias. Y así llegó la televisión, y después, la radio: “En los 70, Ercilio Gianserra, un animador muy conocido, me convocó para un programa llamado la Botica del 5, que iba por Canal 5 al mediodía los domingos. Éramos 3, Gianserra, Mario Sanchez, un cómico importantísimo y yo. Había invitados, artistas que venían, ese programa tenía muchísimo éxito, 50 o 60 puntos de rating. De ahí pasé a un programa con Raúl Granados, El Clan, iba todos los días al mediodía y yo estaba con el piano. Teníamos mucha inconsciencia, nadie planificaba, le metíamos para adelante con lo que nos parecía y listo. Nos divertíamos mucho. Tenías ganas de ir, de estar y de volver al otro día.”, rememora Jorge, quien se jacta de haber trabajado en todas las radios rosarinas desde aquella peña folklórica de los domingos en LT2. “Fui director artístico de LT8, trabajé en LT3, hice la artística de Radio 2. Trabajé en todas las radios, en los medios estuve en todos”.

     

    Música, radio, televisión, gráfica. El factor común es uno: siempre hay algo para contar. “Todas las profesiones que tuve fue contando algo, fue con la comunicación”, dice Jorge, aunque acepta que se siente naturalmente músico. “No me imagino un mundo sin música, un desfile militar sin música, un circo sin música, un cumpleaños sin música. La vida sin música sería imposible, se te mete en la sangre, en el alma, no se va más”, explica Jorge, apasionado, y por primera y única vez en la charla revela un deseo: “Me hubiese gustado ser un músico superior a lo que soy. Hubiera querido ser Bruno Gelber o Marta Argerich, pero son inalcanzables”. En cambio, el artista se ve como “un músico popular, un pianista de barrio, se lo que tengo que hacer, conozco las melodías, se como llegar al corazón, pero técnicamente hay conocimientos que se incorporan con estudios muy profundos, de muchos años, con profesores acordes a la complejidad de lo que te están enseñando. Yo tuve otras alternativas, use el piano para ganarme la vida, para salir de la pobreza, para construir un mundo mejor para los míos, para empujar como pude, pero no llegué a ese nivel. Yo soy un pianista de barrio al que le salen bien las composiciones”.  

     

    Claro que ser un músico popular no es para menospreciar, “si no, Anibal Troilo no sería lo que es, el alma del pueblo argentino”. La explicación justa para Jorge la da Homero Manzi, quien dice en un poema que “cuando antes todo lo europeo era bueno y lo de acá malo, llegó lo popular para salvarnos”, enaltece el artista. “Antes de ser hombre de letras, es preferible hacer letras para los hombres, también dijo Homero Manzi. Y yo soy un artista popular, lo tengo claro, orgullosamente lo soy. No me quedó nada por hacer en la música, y todavía disfruto sentarme en el piano”.

     

    Y los libros. La última incursión de Jorge fue la literatura. El año pasado lanzó “Un hombre valiente y otros sueños de barrio”, una colección de historias, algunas inéditas y otras ya publicadas en el diario La Capital, con un punto en común: Barrio Azcuénaga. “El libro es una casualidad. Siempre escribo, pero escribo notas, discursos a amigos, a concejales que van a ser premiados, no me cuesta nada porque tengo entrenamiento gracias a la comunicación. El primer artículo que hice fue por la muerte de Gary Vila Ortiz, un compañero mio de la vida, de la música. Cuando falleció escribí un artículo sobre lo que significaba para la cultura de Rosario y para nosotros. A partir de esa nota, en el diario me ofrecieron seguir escribiendo y escribí el primer artículo sobre mi barrio. Era sobre lo difícil que era tener un par de zapatos cuando éramos chicos. Se llamaba ´Zapatos Agujereados`, lo publicamos y a partir de ahí ya me entusiasmé un poco más, me fui acordando de cosas, de una vida que llevé en el barrio que fue mi etapa formativa, porque lo que pasó ahí no te lo olvidas más. Todo está circunscripto a ese barrio”.

     

    “El libro ya camina solo”, dice. Victor Zapata, quien dirigió la célebre obra La Forestal que Jorge musicalizó, está preparando una representación de algunos relatos para la temporada. De San Juan 5144, su casa natal, al teatro. Pero Cánepa no siente que sea cerrar un círculo con su barrio, porque viaja “por todos lados pero siempre estoy volviendo”. “En Azcuénaga somos todos iguales, no importa cómo nos fue en la vida. En cualquier ámbito del barrio te tratan igual, no hay títulos. Eso sí, si los necesitas al lado, están. El barrio sigue igual”.

     

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