Martes, 27 de Febrero 2024
Viernes, 09 de Octubre del 2020

Juan Félix Rossetti: orfebre de la Funes moderna en su cruzada por la libertad

Creó el Kentucky y los Funes Hills, pero no desarrolló más porque se cansó “de la burocracia”. Es libertario y considera que el Estado debe ser mínimo y eficiente. Su perfil, por Lucio Di Giuseppe.

Hay dos cuestiones en las que todo el círculo rojo funense coincide sobre Juan Félix Rossetti. Funcionarios, concejales, empresarios, comerciantes, amigos, detractores, todos le reconocen lo mismo: nunca cambió su ideología y cumple con lo que promete. Empresario agropecuario y desarrollador urbanístico, delegado de la Sociedad Rural Argentina y pionero en los desarrollos urbanos que le cambiaron la cara a Funes desde fines de la década del 90 y principios del 2000, con la empresa familiar que compartía con su madre y sus hermanos dieron forma y explotaron el club de campo Kentucky y el complejo de barrios cerrados Funes Hills. Sin embargo, hace ya más de una década no encara nuevos proyectos en la ciudad cansado, según dice, de la burocracia.


Juan Félix, sin apellido, como se refieren a él todos los políticos y empresarios de la ciudad, reconoce que tiene una “carga ideológica fuerte” pero no reniega de ello y se planta en el debate político como “libertario” y en el filosófico, como “objetivista”. En su oficina tiene varias figuras de Iron Man, el superhéroe creado y encarnado en la ficción por Tony Stark, un empresario multimillonario que fabrica un traje y salva al mundo sin intervención estatal. También tiene una estatua de Atlas en referencia a “La rebelión del Atlas”, de Ayn Rand, su libro de cabecera, en el que se relata una rebelión de los emprendedores e industriales que sostienen (como Atlas sostenía al mundo en la mitología griega) a la clase política, a la religión y a aquellos que quieren regular la actividad económica e imponer una fuerte presión fiscal. Toda una declaración de principios.   


Para el empresario, el mejor estado es el que se encarga solamente “de la justicia y de la seguridad” y que luego “deja hacer”, no quiere subsidios ni favores (“a mí los favores me salen caros”). Fundamentalista de la competencia como reguladora del mercado, cree que “si el estado quiere participar en otros rubros que lo haga, pero compitiendo”. Por lo expuesto, es fácil saber lo que piensa del Municipio: cree que es ineficiente, demasiado grande, y que no acompañó con infraestructura el crecimiento de la ciudad que comandaron los privados. Férreo defensor del modelo de los barrios cerrados, sostiene que es el mejor negocio para el Municipio por dos razones: por un lado, porque “cuando vos mejoras una zona, la gente empieza a motivarse y poner linda su casa, es un círculo virtuoso”, por otro lado, porque la Municipalidad les cobra la TGI casi sin prestarles servicios. A pesar de eso, se lamenta porque esa ganancia se usa en los “200 o 300 becados”, como llama a los empleados municipales que sostiene que están demás. Hace públicas sus ideas casi sin filtro y no le preocupa que lo perjudiquen en sus negocios, ya que si pasa eso “no los hago y listo”. Su ideología va por delante de sus intereses.   

 

Justamente, el “dejar hacer” es el mérito que le reconoce a Juan Héctor Miguez, el intendente que “confío cuando era difícil confiar” y que le allanó el camino para el desarrollo del Club de Campo Kentucky, en un momento en el que la empresa familiar buscaba aire para superar una situación financiera asfixiante. Motivados por la revolución de la modernidad que había impulsado el menemismo, (“el primer mandato de Menem fue el gobierno más liberal que conocí”), transformaron la estancia que tenían al sur de Funes en el primer desarrollo urbano moderno de la ciudad “a pulmón, el alambrado lo hicimos nosotros, las calles las abrimos nosotros”. Rápidamente encontraron los cien primeros compradores que les permitieron el flujo financiero necesario para que el proyecto finalmente tome vuelo. La ciudad ya no sería la misma, el boom inmobiliario había comenzado. 


Fue tal el éxito de Kentucky que rápidamente comenzó a maquinar el complejo de barrios cerrados Funes Hills junto con su socio Antonio Croatto, pero el clima de “dejar hacer” que tan cómodo le sentaba a Rossetti se fue perdiendo paulatinamente. El nuevo desarrollo motivó que un grupo de concejales vaya a conocer experiencias similares en ciudades como Pilar o San Fernando y la dirigencia política local quiso ponerle reglas a ese crecimiento que se avecinaba imparable. Juan Félix, que creía (y cree aún) que el modelo no necesitaba más regulación, nunca entendió ni compartió la voluntad de regularlo y lo hizo saber: en ese entonces se refirió al gobierno de Juvenal Rímini como “la máquina de impedir”, también enfrentó al gobierno de Mónica Tomei, a la que juzgaba honesta y con buena voluntad, pero dudaba de su capacidad. 


A mediados de 2011 anunció su decisión de no desarrollar más. ¿Por qué? “Las condiciones que pedían eran para incumplirlas, y yo cumplo”, fue uno de sus motivos. “No disfrutaba estar pidiendo cien mil permisos a gente que no está capacitada”, fue otro. No hubo más “dejar hacer” en Funes y eso lo desmotivó. Otra vez, su ideología delante de sus negocios. Se separó de su hermano, quien siguió adelante con el cuarto barrio cerrado del complejo Funes Hills, llamado Cantegrill (que por negociaciones con el ejecutivo municipal terminó siendo semi abierto), y con San Sebastián, otro country. Quedó en el tintero, hasta el día de hoy, su “frutilla del postre”: un desarrollo en un terreno de casi cuarenta hectáreas con ingreso por Galindo y por Av. Fuerza Aérea, con un sector comercial, shopping a nivel regional, y condominios, apuntando a la gente joven o que ya cumplieron su ciclo familiar y quieren retirarse.  


Su decisión de no desarrollar más coincidió con la de levantar el perfil político. Así, tras un encuentro en la Fundación Libertad donde coincidió con otros empresarios funenses, participó de la fundación de la Asociación Empresaria de Funes, de la cual ocupa un rol secundario en los papeles pero principal en lo mediático, donde siempre se lleva las luces y eso a veces puede generar incomodidad en sus compañeros. Para el afuera tienen un discurso único: quieren una Funes amigable con el inversor, un estado eficiente que acompañe con infraestructura y procuran que la entidad no sea entendida como un instrumento para operar en favor de negocios propios. Para el adentro, hay un sector que se muestra más amigable con la intervención estatal, siempre que sea eficiente, y otros que la rechazan por completo. El exponente de esta última facción es Juan Félix Rossetti. 


Terminó de meter las patas en el barro de la política en 2015, cuando fue fiscal de Cambiemos en la elección que terminó llevando a León Barreto a la intendencia. Tanto en las huestes amarillas como Rossetti sostienen que no los unió el amor sino el espanto al “kirchnerismo”, que de hecho ni se conocían. Fuentes que participaron en la campaña aseguraron que el desarrollador hasta armó una reunión con empresarios y personalidades para que conozcan al candidato. Si bien, según dice, “León Barreto no le debía nada”, se puede imaginar que el empresario pensó que podría volver el clima amigable con las inversiones.  


Una vez que León Barreto ganó, la relación entró en una espiral descendente. En el verano de 2016, luego de que el Concejo le de la prefactibilidad a Vida I (un barrio cerrado que desarrollaba el hermano de Rossetti), Ocho Sauces (unos condominios con construcción en altura) y el cambio de uso del suelo de lo que después fue el parque industrial Ciudad Industria (proyecto al que tiempo después ingresó Juan Félix), hubo numerosas marchas en protesta pidiendo un plan estratégico para el crecimiento urbano de la ciudad. León Barreto, en ese contexto, le pidió a Rossetti que haga ese plan estratégico, pero la intención se diluyó rápidamente: “el diálogo no era creíble”. Para Rossetti, ese trabajo debía hacerlo gente “técnica e idónea” de una oficina municipal creada a tal efecto y luego “ser plasmado en un papel y debatido”. Tiempo después, León Barreto volvió a levantar el teléfono para pedirle que invierta en la ciudad y arranque con su “frutilla del postre”. La respuesta fue lacónica: “no están las condiciones dadas”. Hoy, resume la gestión del intendente amarillo como de una “incapacidad total”.


Un solo proyecto lo hizo salir de su refugio: el parque industrial “Ciudad Industria”, al que aportó tierras propias que le quedaban pegadas al desarrollo original. Lo sedujo que su “mentalidad desarrolladora” vio que allí se podría diagramar un área “con personalidad propia”, pero ingresó con la condición de que lo gestionen sus socios Ivanar, Fundar y Rosental y él quedar en el rol de un inversionista minoritario. En el medio, el peronismo triunfó en la ciudad y el intendente Santacroce impuso un sistema de plusvalía para que los proyectos que se lleven a cabo aporten obras a la ciudad. La medida, naturalmente, encuentra a Rossetti entre sus detractores, ya que la considera “un impuesto a la inversión”, y así lo manifestó entre empresarios. Sin embargo, es cauto al hablar del intendente: “era kirchnerista y se modernizó, los años te van aplacando el fuego, es más fácil charlar con él ahora, tiene la posibilidad de demostrar”. 

  

Si uno no lo escuchase hablar en castellano, creería que Juan Félix Rossetti es un empresario agropecuario republicano del sur de Estados Unidos. En sus redes sobran las fotos en el campo, rodeado de animales. De hecho, en su oficina hay figuras de Donald Trump, que si bien “no es libertario” le da “esperanza”, “igual que Bolsonaro”. En el mientras tanto, libra la batalla por sus ideas y espera que se vuelva a dar ese clima favorable a las inversiones que lo invite a volver a desarrollar en Funes. Hasta que llegue, su “frutilla del postre”, el proyecto que coronará su obra, seguirá guardada en una carpeta, bien cerca de su escritorio, a mano.


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