Por el amor de Jesucristo: la historia de los misioneros que recorren las calles de Funes

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Vienen de diferentes partes del mundo y durante 18 meses dedican su vida a la Iglesia. Deben despojarse de cosas materiales como la tecnología y, cada día, salen a predicar puerta por puerta.

 

Es, como mínimo, sorprendente ver a los Misioneros de Jesucristo cada día recorrer las calles de la ciudad. Siempre de a dos, mujeres por un lado y hombres por el otro. Siempre con una energía y una alegría que hasta pareciera falsa o exagerada. Lo admirable, es que, al conocer su historia y compartir una charla con ellos, una descubre que todo es auténtico, genuino.

 

Realmente se comprometen con la causa, todos los días, durante los 18 meses que dura su “servicio” como lo llaman.

 

Hay una idea instalada y generalizada, en la que al vecino promedio le molesta o le “significa perder tiempo” charlar con quien golpea su puerta a hablar de religión. Hasta existen chistes al respecto.

 

¿Qué motiva a alguien a hacer eso ad honorem, tanto tiempo, en otro país, sin su familia o amigos? La respuesta que ellos encuentran es sencilla: la fe en una causa más grande. Y el amor.

 

Las hermanas Correa, de México y Rasmussen, de Canadá, como se presentan, tienen 22 y 21 años respectivamente. Ambas viven juntas en una pensión de la ciudad y están a cargo, por una cantidad incierta de tiempo, de la pintoresca Iglesia de Jesucristo, ubicada por Ruta 9, frente a la Plaza San José.

 

La cantidad de tiempo de su servicio en cada lugar es incierta porque desde el momento en que llegan al país que se le designe, “el Presidente de Misión, siempre bajo oración, inspiración y ayuna decide con qué compañera nos va a poner y qué área o pueblo necesita de nuestra ayuda y nuestra historia”, cuentan en diálogo en InfoFunes.

 

Así fue que la hermana Rasmussen estuvo en Pergamino, Cañada de Gómez y Arroyo Seco antes de llegar a Funes hace tres semanas y la hermana Correa en Rojas, en Venado Tuerto y en Arroyo Seco y desde hace tres meses está en la ciudad.

 

La Iglesia les permite salir a misionar a partir de los 19 años a las mujeres y a los 18 a los hombres. Sobre qué las motivó a tomar la decisión, Rasmussen cuenta: “Nací en esa Iglesia, mi familia siempre lo hizo. Mi papá sirvió en Corea. Estudiaba maestra jardinera en Hawái y dejé para venir acá, decidí que quería ayudar y servir. Completé un formulario y  uno de los 12 apóstoles, bajo la inspiración, decidió a qué país del mundo iría”

 

En cambio la historia de Correa es otra, “Yo no conozco a mi papá biológico, mi mamá formó pareja con un miembro de la Iglesia y fue ahí que empezamos a conocer. Siempre sentí un amor muy grande, que me hizo decidir venir y dejar de lado el miedo que sentía. Los misioneros somos re locos, dejamos a nuestras familias, la tecnología, todo para venir”.

 

Durante los 18 meses que están de misión tienen que dejar sus teléfonos, computadoras, todo. Acá sólo utilizan el correo una vez por semana y un teléfono celular que es casi una reliquia, para llamar o mandar mensajes a los vecinos que van conociendo en sus recorridas.

 

“Lo de la tecnología es un compromiso, para poder estar más enfocadas. No lo sufrimos porque siempre estamos muy ocupadas y es muy lindo y bueno todo lo que nos permite vivir. Nos permite enfocarnos en difundir el testimonio de Jesucristo”, aseveran.

 

De lunes a lunes su actividad es de 10 a 12 y por la tarde de 16 a 22. Pero su día comienza mucho antes: “Nos levantamos a las 7, tenemos media hora de ejercicios, una hora para desayunar y prepararnos y luego media hora para planear, con un mapa de la ciudad que tenemos: ahí vemos gente con la que hemos hablado o conocido y vamos a enseñarles o a escucharlos”.

 

“A veces sentimos que hay un espíritu que nos dirige y vamos por calles que no habíamos planeado y encontramos gente que justo nos necesitaba. Hay gente que no quiere que les hablemos pero sí necesita que las escuchemos”, relatan.

 

“Nos pasó algo así por Garita 1: íbamos caminando desanimadas porque no encontramos personas para charlar o nuestras citas caen y justo pasó un chico y empezamos a hablar con él, ambas vimos una gran luz en él y nos contó que su día estaba muy mal y que tras hablar con nosotras mejoró mucho”, recuerdan entusiasmadas ambas.

 

Encuentro de domingo

 

La Iglesia de Jesucristo, reúne cada domingo entre 80 y 90 miembros. La reunión comienza en un espacio en común y luego se dividen las mujeres, los hombres y los niños. “Hay miembros de toda la vida y algunos nuevos que hemos podido encontrar nosotras. La gente de Funes tiene un corazón muy abierto, son muy amables, nos tratan bien y siempre nos dan agua en la calle”, cuentan.

 

Con respecto a su experiencia misionando en Funes, resumen: “Aquí es increíble cómo la gente nos devuelve el saludo, la sonrisa. Las familias de acá que son miembros de la Iglesia nos invitan a comer a sus casas o nos dejan comida para la semana”.

 

Consultadas sobre qué significa para ellas hacer esto, ambas coinciden: “Difundir la palabra de Jesucristo es muy importante, porque él vino y pagó por nuestros pecados, lo mínimo que podemos hacer es sacrificar un año y medio a nuestras familias, nuestros amigos y venir desde tan lejos. Es algo muy pequeño en comparación. Es un amor muy grande, el más grande de todos, que todos necesitamos sentir y conocer”.

 

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