Un viaje al pasado: una experiencia diferente llamada Fono Bar

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La gente de Planaxia nos lleva a un viaje en el tiempo. Esta vez, a la década del 90, a desempolvar un pub -ya desaparecido- que hoy está bastante olvidado: el querido Entell Fono Bar.

Un día la Rosario de 1992 se despertó con la noticia de una novedad total: un pub que tenía un teléfono de tubo (fijo, claro, los celulares no existían) en cada mesa, con la finalidad de que la gente de las distintas mesas pudiera hablar entre sí.


¡Ah! ¿Y? Bueno, ya sabemos, es raro de explicar la idea del bar para los últimos millenials y ni que hablar para los centenials y las generaciones que siguen, pero para entenderlo hay que conocer el contexto.


En aquel momento del mundo no existían los teléfonos celulares, no había WhatsApp, no existía el chat, nadie tenía mail, y el que tenía computadora no tenía internet. Así que poder hablar por teléfono de una mesa a otra era básicamente una herramienta novedosa de encare, de levante. Por aquellos tiempos si dos personas pegaban onda en el boliche era muy común que una de ellas se acercara a la barra para pedir una birome y anotar el teléfono fijo de su potencial conquista en una servilleta… así eran las cosas.


Un poster de aquellos años (cortesía Ricardo Giuseponi).

Ya entendido esto vamos al sistema. Vos entrabas y tenías 40 mesas. Cada mesa tenía un teléfono fijo y un cartel grande con el número que tenías que marcar si querías hablar con la gente de esa mesa. Esas eran las herramientas, todo pensado como para fomentar la comunicación y el feedback. Después, cada persona usaba las herramientas de una forma distinta.


-Hola, ¿qué tal? ¿Me pasas con tu amiga, la morocha de tu izquierda?

-Si, ya te paso, ¿y vos quien sos?

-Yo soy el pibe de remera verde de la mesa 240.


Diálogos como esos se daban en el Fono Bar. En este caso el pibe se tenía una confianza ciega. Pero también estaban los que llamaban y hablaban desde el anonimato -más confiados en su chamuyo que en su facha- y se daban a conocer después de haber arrancado algunas carcajadas. “¿Sos el de camisa de seda?”. “No”. “¿Sos el de la mesa 245?. “No”. Eran conversaciones que también se repetían.


Y después había algunos que usaban la herramienta para armar bardo. ¿Cómo era esto? Desde una mesa llamaban a otra y cuando atendían les decían: “Haaaaayy, ahí están los salames que se juntan en calle Balcarce”. Bueno, esa ya era más border.


Enseguida el Fono Bar se transformó en un bar exclusivo, medio cheto, era la vanguardia total. Y en poco tiempo más se empezó a popularizar, agarrando gente de toda procedencia y edades que formaban cola para poder entrar. Arrancó solo con el tema de los teléfonos, pero al tiempo armaron una cabina de DJ (uno de los DJs era Seba Oneto), y contrataron un animador que arengaba desde una tarima.


Era un lugar tardero, abría a las 23, en el formato de diversión telefónica y a eso de las 2 de la mañana cambiaba la música, aumentaba el volumen, y el animador empezaba a incitar al baile, con juegos, sorteos y performances. Después de un rato cambiaba la luz, se ponía la música al palo, y se armaba cachengue fuerte hasta las 4. Algunxs iban tarde y se quedaban hasta el cierre, y otros iban temprano y lo usaban de previa para otros boliches.


“En todos esos años fue cambiando de público. Había una particularidad, los que empezaron cuando arrancó después seguían yendo, o sea que fueron creciendo con el Fono Bar. Incluso se han formado parejas ahí y después seguían yendo porque ya era como un club de amigos, y muchos terminaron casándose”, nos cuenta Ricardo Giuseponi, el animador residente del lugar. “Y también se empezaron a mezclar las generaciones. Siempre fue como una gran casa, y la gente se sentía muy a gusto. Había muchos que no iban a otro lugar que no fuera el Fono”.


Como se ve, el Fono Bar, con la novedad que fue esa especie de chateo prehistórico, generó una mística importante en la noche rosarina. Seguramente a quienes lean esto se les piantará un lagrimón recordando el menú que semejaba una guía telefónica y la cabina de telefónica roja de estilo inglesa que decoraba el interior (algunos dicen que es la misma que está en el Paseo Peatonal Angel García, pero a nosotrxs no nos encajan los números, ¿adónde habrá ido a parar?).


Abrió en 1992 y cerró en el 2002, cuando ya existía internet y reinaba el verdadero chateo montado a la estrella del MSN Messenger. Murió -en fin- porque la carroza de los 90 ya se había transformado en calabaza. En pocos años más los teléfonos de tubo pasarían a ser piezas de museo.


Fuente: Planaxia

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