Funes

Cuarentena al cuadrado: el funense que pasó el invierno en Base Marambio

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Jorge Cabral se sumó en diciembre a la Campaña de Verano de la Base Militar y quedó varado, y muy a gusto, hasta entrado junio.

El oficial Jorge Cabral, un militar funense de pura cepa egresado del Liceo Aeronáutico, viajó por dos meses a la Base Marambio durante el último verano. Fue a cumplir un deseo: cumplir con una experiencia profesional y de vida con la que soñó durante mucho tiempo. La pandemia y sus paquetes de medidas asociadas para prevenir los contagios lo encontraron en la principal estación científica y militar argentina, en la Antártida, hasta bien entrado el invierno.

Antes de que en la Argentina se decrete el ASPO, antes de que se suspendan los vuelos, mucho antes de que acá los contagios de coronavirus comiencen a ser una preocupación, Jorge supo que para volver debía esperar. En la Antártida las medidas de aislamiento comenzaron antes, como parte de acuerdos internacionales que determinaron gobiernos de todo el mundo ya que es un continente universal. 

Jorge se convirtió así en una de las 77 personas que pasaron la cuarentena en la Antártida. Cuando finalmente los buscaron, allá quedaron las 50 personas que integran la dotación estable de la Base. La experiencia, lejos de ser traumática, lo dejó con ganas de más. En el 2022 piensa ser parte de esa dotación y ser uno más de “una máquina totalmente aceitada que trabaja en equipo”. “Allá nada puede fallar, porque la ayuda puede demorar semanas en venir de afuera, y ver cómo se trabaja así, y poder ser parte de eso es algo increíble”, contó con orgullo cómo lo invitaron a volver, a los pocos días de finalmente aterrizar en su Funes natal.

Pasó dos meses sin ver la noche, y pasó también otros con tan sólo cuatro horas de luz. Trabajó en condiciones extremas de decenas de grados bajo cero, o con un sol rasante que al rebote del hielo podía quemar cualquier piel que no estuviera debidamente cubierta. Extrañó a sus hijas, extrañó el césped, el asado y las estrellas. Pero vivió una inesperada temporada de seis meses en la Antártida y se quedó con ganas de más.

Las tareas que se deben cumplir en la Base Marambio son de una altísima exigencia. El Oficial Cabral fue parte de la Campaña de Verano, que son en su mayoría sub oficiales que van a poner toda su destreza en el hacer. 

“El Irízar –el rompehielos ARA Almirante Irízar de la Armada Argentina- lleva los insumos que va a necesitar la base durante todo un año, pero el barco no tiene la posibilidad de acercarse a un puerto o a un lugar cercano, sino que llega a unos 9 kilómetros de la Base”, explica el mecanismo de cómo se accede a los elementos que se necesitan para vivir en la Antártida y continúa: “Un helicóptero busca las cosas en el barco y va a la isla Marambio a tirar las cosas: cantidades y cantidades de cosas: desde tambores de 200 litros de combustible hasta comida, todo en un sector bastante amplio”.

Las toneladas de cosas que representan los pallets de alimentos, medicamentos y los 700 u 800 tambores de combustible, entre otras cosas que deben rendir para que al menos 50 personas vivan durante un año y otras tantas decenas durante algunos meses, son “rescatadas” por el grupo de militares. “De un día a otro eso se congela. No el combustible, sino el tambor: quedan pegados al piso. Al ser tanto es imposible sacarlo antes que se congele, por lo tanto el primer día se saca así nomás, después es pelear con los tambores con pico y pala para despegarlo”, cuenta. Todo eso, bajo las condiciones que el continente blanco impone. “Es un trabajo muy duro, de mucho esfuerzo físico, y en condiciones que no son fácil”.

Pero no todo es esfuerzo físico y sacrificio para los oficiales de Marambio. Cada sábado a la noche hay un festejo, alguno. Cumpleaños, comida, encuentros: todas son excusas posibles para distender y generar camadería. “En la base es casi un hotel, es un lugar lindo, cálido, hay compañerismo. Pasé mi cumpleaños 42 allá y pude festejar porque en la Antártida no ingresó el virus, mientras que dos de mis hijas cumplieron años y por la cuarentena no pudieron tener un cumpleaños. Le festejamos desde allá sus cumples por videollamadas”, contó.


Entre tantas experiencias pudo anotarse en su poroteo de anécdotas de vida otras tantas: cuando llegó, en la Base había decenas de científicos de todo el mundo que investigan la vida allá. “Acostumbran a dar charlas de todas sus investigaciones, te explican cosas que de otro modo no aprenderías”. 

Jorge tiene en su haber un montón más de experiencias que no mucha gente en el mundo vive: “En Marambio el único ser viviente aparte de los humanos que están ahí son un tipo de pingüinos que son los más chiquitos, un millón y pico de pingüinos que van a tener sus polluelos en verano y luego se van, sin embargo, cuando ya se habían ido los científicos fuimos en un vuelo a hacer los controles de las bases que se van desocupando, las que funcionan solo en verano. El avión hace un sobrevuelo para ver en qué condiciones están: el día era espectacular y se vieron del lado del Mar de Weddell orcas, focas, una caravana de ballenas australes”, enumera. 

Esa mismo día, sorprendido de haber visto otro ser vivo fuera de los humanos que convivían con él, la Antártida le regaló otra sorpresa: “Cuando nos acercamos a la Base Primavera veíamos que se movían cosas, pensamos que había quedado gente, era imposible: eran pingüinos emperadores que habían invadido la base. Cientos y cientos de pingüinos de un metro y medio que de lejos parecían personas, dentro de la base”, contó sin salir aún de su asombro. La tarea siguiente, mandar un grupo de marinos a desalojar a los pingüinos ocupas para que no corran riesgo de que coman algo que no deben y se contamine la colonia.

Vivir en la Antártida obliga a trabajar previendo todo. Que nada, absolutamente nada, quede librado al azar. Las condiciones son totalmente distintas a las que nos rodean por estas latitudes, no sólo la temperatura: en invierno hay luz solo pasada las 9 de la mañana y a las 13.30 horas ya oscurece. En verano, otra de las estaciones que el funense vivió, la situación fue inversa: “Nunca llegué a ver la noche, fueron dos meses sin ver la noche, sin ver las estrellas. Esas cosas se extrañan, eso y ver pasto”, contó.

Es así como el oficial viajó por dos meses y una pandemia complicó sus planes. Extrañó el césped, la comida fresca. Se tiró encima de un asado y una ensalada cuando puso un pie fuera de la isla y extrañó muchísima a sus hijas, de 4, 6 y 8 años, que lo esperaban acá. Sin embargo, la experiencia lo fascinó y sabe que profesionalmente ser parte de la Base es un gran logro. El oficial del LAM cuenta con orgullo por qué no dudó en aceptar la invitación de volver, luego de haber pasado un invierno improvisado en la Antártida: “Cuesta mucho, no es fácil ir a Marambio, y sólo 50 personas al año tiene la posibilidad de hacerlo. Ni bien me ofrecieron no lo dudé”.


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