Cuánto cuesta traer una de las mejores medialunas del país a Funes y qué se necesita para hacerlo
La franquicia de Atalaya requiere una inversión cercana a los u$s 200 mil. El formato, los metros ideales y el perfil que busca la marca para desembarcar.
La posibilidad de que Atalaya, una de las marcas de medialunas más reconocidas del país, llegue a Funes no es una fantasía: Con un modelo de franquicias más ajustado, locales más eficientes y foco en la rentabilidad, el esquema actual de la empresa encaja con el perfil comercial que viene creciendo en la ciudad.
Hoy, abrir una franquicia Atalaya implica una inversión total cercana a los u$s 200 mil, que incluye obra civil, equipamiento y fee de ingreso. El canon inicial ronda los u$s 7 mil, aunque puede negociarse según el proyecto y la ubicación. No es una apuesta menor, pero la empresa apunta a negocios pensados para sostenerse en el tiempo.
A diferencia de años anteriores, la marca dejó atrás los locales de gran escala y hoy prioriza formatos más contenidos. El tamaño recomendado oscila entre 150 y 200 metros cuadrados, una superficie que permite bajar costos fijos, mejorar la eficiencia operativa y acelerar el recupero de la inversión. En condiciones normales, el retorno se proyecta entre 24 y 36 meses.
En términos de facturación, una franquicia considerada saludable puede superar los $50 millones mensuales, con una rentabilidad promedio del 15%, aunque la propia empresa aclara que el margen final depende en gran parte de la gestión diaria. La diferencia no la hace solo la zona, sino quién está detrás del negocio.
El respaldo productivo es otro punto clave. Atalaya viene de invertir en una nueva planta de elaboración en Chascomús, con más de 1.000 metros cuadrados, que permitirá duplicar su capacidad productiva, pasando de 20 a 40 millones de medialunas anuales. Esa infraestructura le da previsibilidad a la marca y margen para seguir sumando franquicias sin comprometer la calidad.
En paralelo, la empresa atravesó un proceso de rebranding, con una actualización de imagen y comunicación pensada para modernizar la marca sin perder identidad. Para los franquiciados, ese cambio implica una estética más actual, mayor coherencia entre locales y una propuesta alineada a nuevos públicos, algo clave en mercados urbanos en expansión.
Para que un local funcione, la ubicación es determinante. La marca prioriza zonas de alto tránsito, cercanía a corredores viales, polos comerciales o áreas con movimiento sostenido durante todo el día. En ese esquema, Funes aparece como un mercado atractivo, con población en crecimiento, consumo estable y circulación constante desde y hacia Rosario.
El perfil del franquiciado también cambió. Más allá del capital inicial, Atalaya busca socios presentes, con capacidad de gestión, control de costos y vínculo directo con la operación diaria. No se trata solo de invertir dinero, sino de involucrarse en el negocio.
Para que la marca llegue a Funes, el primer paso es contar con un local apto o un proyecto claro de ubicación, acorde al metraje requerido y a los estándares de la empresa. Luego se evalúa el flujo de personas, el entorno comercial y la viabilidad del punto. Si el análisis cierra, se avanza con el contrato y el desarrollo del local.
De cara a 2026, la empresa proyecta nuevas aperturas en ciudades del interior que crecieron en población y consumo, un perfil que encaja con la transformación urbana que atraviesa Funes. El desembarco, como en otros casos, no depende solo de la marca, sino de que aparezca el inversor local dispuesto a dar el paso.
Así, traer una de las medialunas más famosas del país a la ciudad no es solo una cuestión gastronómica, sino una combinación de inversión, ubicación y gestión, tres variables que empiezan a ganar cada vez más peso en el mapa comercial funense.
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