Científica funense dio con una fórmula que mejora la calidad del agua de pozo

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El sistema ya está funcionando en varias comunas: Las Toscas, Villa Ocampo, Las Garzas. Es económico, de fácil mantenimiento y ecológico.
“Era clara, era vida, de mis manos se escurría”. Esta semana se celebró el Día del Investigador y la Investigadora, en homenaje a Bernardo Houssay, premio Nobel de medicina y fundador del Conicet. En la ciudad hubo varios vecinos a los que saludar. Una de ellas es Natalia Gottig, funense desde hace más de una década, y quien lidera un proyecto de investigación en el que varias científicas lograron filtrar metales en agua para el consumo humano en localidades santafesinas.

El equipo del Instituto de Biología Molecular y Celular de Rosario (IBR, CONICET-UNR), en colaboración con el Centro de Ingeniería Sanitaria (CIS, UNR), logró utilizar bacterias para oxidar y remover el manganeso, -un tipo de metal presente en el agua de consumo humano que afecta su color y sabor; y que además -en grandes concentraciones- puede causar problemas en la salud.

El proyecto tiene “un interés social, sobre todo en nuestra provincia”, además de ser un proyecto innovador a nivel nacional. “Es la primera vez que en Argentina se hace una búsqueda de bacterias con estas características y con esta finalidad. Es un nicho que faltaba y que esperamos poder mantener y que crezca”, contó la biotecnóloga en una charla con InfoFunes.

La investigación surgió de manera casi azarosa: “Por esas cosas bien funenses”, cuenta Natalia y se ríe agradeciendo las posibilidades que esta ciudad/pueblo ofrece en su día a día, el “ser pocos y cruzarse mucho”. Natalia Gottig y Virginia Pacini –investigadora del CIS- se conocían de vista por encontrarse cada mañana en la puerta de la escuela a la que sus hijos iban. Un auto en el taller, un aventón solidario y un viaje de 40 minutos hasta Rosario hicieron lo suyo.

“Resulta que Virginia también trabajaba en la Siberia, me contó que parte de su tesis doctoral fue haber ideado este sistema de filtrado de aguas que se usaban en algunas comunas de Santa Fe, y me contó su problema con el manganeso: su filtrado lento. Yo que siempre trabajé con bacterias y me re interesan sus usos en los contaminantes le dije que me ponía a ver qué puede degradar este metal”.

Medio de azar y hasta como una gauchada. “Nos empezamos a juntar, a idear un poco el proyecto. Lo presentamos a la Agencia Nacional de Promoción Científica y Tecnológica donde nos financiaron la parte inicial”, cuenta Gottig. El desafío fue buscar bacterias ambientales que tengan la capacidad de “comer” ese manganeso y que a su vez puedan quedarse “pegadas” en la arena de los filtros. Armaron un verdadero “torneo” de bacterias: de 200 pre seleccionadas lograron dar con las 6 elegidas.

Un equipo de bacterias avanzando en un “fixture” hasta llegar a la final. Las rondas preliminares fueron un proceso que duró unos tres años de investigación. Entre las mejores oxidantes y mejores formadores de biofilm –el proceso por el cual las bacterias se pegan a una superficie, en este caso la arena de los filtros- siguieron buscando las que mejor se adaptaban al medioambiente: el agua de pozo del que muchas localidades sin acceso a redes de agua potable ni cuencas de agua cercanas deben proveerse.
Estas seis bacterias tuvieron el potencial de ser aplicadas, todas “tenían que no ser patógenas, que no enfermen”, aclara la investigadora y agrega: “El sistema termina en una cámara de cloración, que hace que el agua quede libre de bacterias. Por más que las bacterias utilizadas no enferman”.

Es que las bacterias están en todos lados. “Tu cuerpo tiene muchas más células de bacterias ajenas que propias, convivimos plenamente con ellas; la mayoría son buenas”, explica y desmitifica a los bichos con los que convive desde hace años en el laboratorio, aislando cepas, haciéndolas crecer, dándoles de comer y observando cómo se comportan.

Natalia se formó trabajando con bacterias “que enferman” y deseaba, por su interés en el cuidado del medio ambiente, trabajar con agentes contaminantes. Encontró, ya como investigadora del Conicet y como doctora en Ciencias Químicas la posibilidad de ganar el desafío de “acelerar los tiempos de oxidación del manganeso”. Lo hizo junto a otras mujeres investigadoras además de Virginia: Jorgelina Ottado, Graciela Sanguinetti, Ainelén Piazza y Lucila Ciancio Casalini.

El segundo empujón en la pulseada lo dio el financiamiento que consiguieron a través de la Agencia Santafesina de Ciencia y Tecnología con la que concretaron la planta piloto. Es que la investigación “tiene un impacto social grandísimo”.

“En estas localidades más alejadas de las grandes es casi improbable que alguna vez puedan llegar a tener agua de red, es importante generar este tipo de tecnologías accesibles y económicas. El desafío que tenemos ahora es hacer crecer estas bacterias en gran cantidad para poder usarlas en los filtros”, cuenta y anticipa cómo piensan lograrlo este grupo de mujeres de ciencia con cabeza ecológica: “Nuestra idea ahora es tratar de que esas bacterias crezcan en otros medios, como por ejemplo en residuos. De esa forma disminuiríamos los costos y de paso utilizamos residuos orgánicos que sobran. Pensamos en residuos de la industria cervecera; eso es lo nuevo que estamos encarando”.

Después de años de investigaciones dieron con una fórmula biológica que puede, de manera sencilla, económica y eficaz, mejorar la calidad del agua que consumen muchísimos habitantes de la provincia y de otros lugares “sin agregar un químico”. Ya está funcionando en varias comunas: Las Toscas, Villa Ocampo, Las Garzas. “El sistema funciona. Es económico, de fácil mantenimiento y ecológico”, destaca la investigadora.

La fórmula mágica es 15 gramos de masa bacteriana seleccionada cada 20 gramos de arena, en un filtro diseñado y mejorado para sacar todo el manganeso del agua subterránea. ¿Las toneladas de ideas, estudio, conocimiento y empuje pesarán 35 gramos?.


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