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Jueves 20 de Septiembre

Funes, Santa Fe, Argentina

  • El redil

    24/04/18

    Nicolás Huergo

     

    El bar Arcángel en diagonal al teatro el Círculo es un lujo de Rosario. En una de sus mesas estoy sentado. Frente a mí, dos cafés con dos medialunas saladas. Del otro lado de la mesita redonda que parece de un mimbre reforzado, mi amigo Renzo. Los autos pasan, intercalados por colectivos, atravesando calle Laprida como una verborragia. Son las cinco de la tarde, el calor del verano se pega a la piel con la humedad de todo el Paraná. Muerdo la mitad de mi factura.

    “Estoy precupado, Marito”, dice Renzo, “mi hijo, el que tiene los mismos once años que el primero tuyo… No lo conozco al tuyo, pero el mío me trata como el tuje”.

    Lo miro en silencio unos segundos, pienso ‘¿y qué esperabas?’

    Su cara se preocupa. Su boca se abre y dice:

    “El lunes pasado llegué harto cansado del laburo. ¡Once horas seguidas trabajé!” sus ojos se indignan, “Le pedí que me ayudara a bajar unas bolsas del auto y me mandó a freír churros. ¿Vos podés creer?”

    Al decir “¿vos podés creer?” sus dos manos hacen el gesto tan atribuido a los italianos. Después de todo, la mayoría de nosotros de ellos desciende.

    “Hoy a la mañana”, sigue, “lo llevé a la escuela. Él iba escuchando su reggaeton a todo trapo en los auriculares. Al bajarse, ni un beso, ni un gracias, ni un buen día, ni un mínimo ademán. ¡Nada me dio!”

    “Y… es grave lo que…”.

    “Ya sé”, me interrumpe. “Te querés meter de nuevo en cómo educo a mi hijo. Vos a mí. Vos que sos el más rígido de los padres, Mario. Por favor, no sabés…”, y se detiene mientras los labios le tiemblan al cerrarse.

    “¿No sé… ?” pregunto.

    “Yo sólo te contaba lo que me pasó, porque tengo miedo de que cuando envejezca me tiren en el fondo de un geriátrico.

    “Pero, más sí, te lo digo. Hace rato que pienso lo siguiente: Vos querés amar, pero no sabés cómo amar. Hermano: si amás, dejá ser. Y vos no sabés dejar ser:

    “A tus hijos les controlás todo lo que leen, les restringís y elegís lo que ven en la redes, decidís qué programas de tele miran y cuáles no. No te digo que no los retes, pero me parece que se te va un poquito la mano. Y encima me decís a mí, una y otra vez, que tengo que educar a mis hijos como a vos te parece.

    “Decime. ¿Te divierte criticar a los demás? Te la pasas amonestando a los otros”.

    En ese instante, su discurso se aborta.

    Junto las manos, una contra la otra sobre la mesa. Tomo mi taza de café y saco fruto de los últimos sorbos, que me meto en la boca junto con la otra mitad de mi medialuna. Trago. Me muestro en calma y digo:

    “Sí… Es verdad. Amonesto mucho a las personas…” Renzo está a punto de abrir la bocota de nuevo. Entonces, lo interrumpo:

    “Todavía nadie me devolvió el favor”.

    Mi amigo me mira unos segundos en silencio, con la mirada como diciéndome ‘¿qué te haces el raro?’.

    “Yo te voy a amonestar a vos, entonces”, dice. Prepara sus balas en la lengua y me larga “¿Por qué prohibís a tus hijos de esa manera? ¿Eh? ¿Por qué?”

    Sonrío satisfecho. Esperaba esa pregunta hacía tiempo. Sonrío y digo:

    “Porque te amo”.

    Renzo se sobresalta y se tira contra el respaldo de su sillita de mimbre.

    “Epa, epa”, dice, “¿Qué… qué me estás queriendo decir?” dice sospechando idioteces, sin entender a dónde voy con lo que digo. ¿Qué le digo? ¿qué le dice de repente este tipo que tanto hace que conoce?

    “Es así. Los educo así porque te amo a vos, y a cada persona sobre este planeta. Mi hijo algún día podría trabajar en el geriátrico al que, según vos decís, te van a tirar. Y no vas a querer que te trate como se te trata ahora.

    Un hijo criado en el redil del amor, amará en el futuro. Amará como enfermero, como abogado, como presidente, como gobernador. Tus hijos son problema mío también, porque ellos van a gestionar, ellos van a administrar y a construir el futuro. Quiero que haya un futuro con gente que, no sólo haga lo que ama, sino que de hecho ame. Que te ame, que me ame, que nos ame.

    “Y las probabilidades son que, un joven que escucha repetirse en sus oídos que a la chica esa que acaba de conocer en el boliche le falta mover los glúteos contra su ingle; un joven que escucha eso, difícilmente ame en el futuro. Hasta te diría en el más próximo”, es mi contestación.

    Renzo agacha la cabeza y se rasca la frente con evidente fastidio. La verdad no duele, duele aceptarla. Duele el proceso por el cual el corazón cambia de forma para acomodarse a ella.

    Ya son las cinco y media. El calor todavía no amaina; la humedad es insistente. Miro frente a mí el espectacular Círculo. Desvío la vista al sur, al fondo de calle Laprida, y veo nubes de una tormenta en esa dirección que viene camino al norte; allá, lejos, pero inexorable.

    “Bueno, hermanito”, digo al fin, mientras me levanto raudo y miro el reloj pensando en el tercero de mis hijos, “sigo. Mati me espera para que lo busque en baby futbol”.

    Le doy un apretón de mano seguido de un abrazo y un beso. Y en ese abrazo, abrazo al hombre.

     

    Funes, Santa Fe, Argentina.

    Abril 2018.

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